Las vulnerabilidades del fair share

Opinion Alberto Jara A

Es un hecho que el fair share no logra despegar políticamente en América Latina. A los gobiernos podrá parecerles una idea razonable, incluso relevante, pero nunca una prioridad para el país. Entre tanto, sus promotores —los operadores de telecomunicaciones— insisten en el fatal augurio: el financiamiento de las redes futuras no está asegurado mientras el resto de los partícipes del ecosistema digital se mantenga al margen.

Según las telecos, se necesitarían inversiones que van más allá de los tendidos de fibra submarina de Google y de los centros de distribución de contenido de Meta. Los aportes serían más urgentes todavía cuando hay estudios que prevén que la demanda global de tráfico de datos se cuadriplicará hacia 2030. Es que a las telecos se les han ido acabando los fondos para acometer la capilaridad de redes que exige la Cuarta Revolución Industrial.

La “muñeca” del adversario

Quienes sí le han t0mado el peso al fair share, a diferencia de los reguladores de la región, son justamente los interpelados por la consigna: las grandes plataformas tecnológicas. Mercado Libre, Amazon, Google, Meta, TikTok, entre otros grandes generadores de tráfico, han decidido actuar como bloque detrás de la Alianza por una Internet Abierta (AIA-LAC), de reciente alumbramiento. 

La AIA-LAC busca defender la Internet abierta, neutral y resiliente en un contexto donde los debates sobre el fair share empiezan a florecer en la región. No hay que olvidar que el fair share busca que las plataformas de contenidos contribuyan económicamente al despliegue de redes que realizan los operadores. Pero las fuerzas refractarias a la “contribución justa” no ceden ni un milímetro: se muestran organizadas, articuladas bajo un discurso claro y, es de suponer, con una agenda política en desarrollo. 

Este hecho evidencia una cosa significativa: el gremio de las Big Tech se mueve con profesionalismo en el debate, mientras que la hermandad de las telecos interviene un tanto como novata. De hecho, los partidarios del fair share no tienen una cabeza oficial visible, carecen de un relato consistente y no se les ve una estrategia político-comunicacional definida. 

Por esta simple razón, apoyada en los crudos hechos, me incluyo entre quienes creen que el movimiento del fair share no está tomando su causa muy en serio. Menos le ha impreso a ella un relato convincente, algo de épica y un poco de mística. En tales circunstancias, no sería improbable que las compañías tecnológicas ganasen la batalla, sobre todo en el terreno de la narrativa, de la misma manera que lo hicieron hace varios lustros con la neutralidad de la red. 

Sí, porque en la disputa por la neutralidad de la red, las Big Tech usaron el lenguaje y el marketing para bloquear el cobro que les podían hacer las telecos por el uso intensivo de sus redes. Lo hicieron detrás del argumento ciudadano de las libertades en el entorno digital, como la libertad de expresión, la privacidad y autonomía, el derecho de opción del usuario, etc.

En la batalla por la opinión pública, quien domina la narrativa ya tiene casi ganada la victoria. En esto, las tecnológicas fueron magistralmente hábiles en aquel tiempo: frenaron el cobro diferenciado que les podían hacer las telecos bajo el argumento de que no era lícito discriminar entre los diferentes tipos de tráfico que circulaban en la red. 

Hoy, la historia parece estar dispuesta a repetirse. La “pasada de máquina” de las Big Tech ocurrirá a menos que los defensores del fair share se hagan cargo en esta batalla de su evidente talón de Aquiles. Esa vulnerabilidad que expone a las telcos a un flechazo mortal que neutralice, de una vez para siempre, su ofensiva de la “contribución justa”. 

El triple talón de Aquiles del fair share

El movimiento del fair share presenta tres vulnerabilidades críticas: carece de una definición ideológica, de un liderazgo visible y de una estrategia efectiva. 

En primer lugar, el movimiento del fair share carece de una definición ideológica clara. No están nítidos los conceptos o ideas. Ningún operador tiene certeza sobre qué es exactamente esta cruzada. Porque, en sus inicios, el fair share se entendió como el compromiso de los grandes generadores de tráfico de construir, en similar proporción a las telecos, las redes digitales que el mercado del mañana requería. 

En paralelo, la “contribución justa” se concibió como el aporte monetario que los mega-traficantes de datos tendrían que hacer a un fondo común, el cual se licitaría posteriormente a los operadores para el despliegue de infraestructuras.  Últimamente, el fair share ha sido mirado como el simple pago —una renta o canon— que las plataformas deben hacer por el uso de las redes. 

Con tal generosidad de nociones, es natural que la “contribución justa” carezca de un norte claro. Es urgente ponerse de acuerdo en qué consiste el fair share, a menos que acá la ambigüedad se mire como una fortaleza.

En segundo lugar, el movimiento del fair share carece de un liderazgo oficial visible. Es una causa acéfala, como un rebaño de ovejas sin pastor. Entiendo que la GSMA ha asumido un liderazgo de facto ante el vacío de poder existente. Lo mismo hicieron los ex presidentes de Telefónica, César Alierta y José María Álvarez-Pallete, quienes fungieron a ratos como los portavoces del reclamo. También, los gremios en cada país respaldan el fair share con distintos grados de entusiasmo, pero en ningún caso como su principal lucha. Por esto, es evidente que se necesita un referente, un cabecilla, un conductor a tiempo completo. Como lo hace la AIA-LAC con su lideresa.

Y, en tercer lugar, el fair share carece de una estrategia político-comunicacional efectiva. No hay una hoja de ruta que indique los pasos a seguir, qué mensajes priorizar, cuál lenguaje usar ni cómo conectar con la opinión pública. No se ven lobistas recorriendo los pasillos de los parlamentos nacionales para explicar por qué el fair share es razonable. Faltan creativos, diseñadores y estrategas que construyan un relato con mística, capaz de acercar el fair share a la ciudadanía y explicarlo como un principio de justicia básica. 

Los que escriben la historia

La historia del fair share la contarán, sin duda, los vencedores. ¿Pero quiénes serán ellos? ¿Las plataformas tecnológicas o los operadores de redes? Todo parece indicar que —de no mediar un cambio en la estrategia del fair share— las Big Tech terminarán ganando la partida. 

Un viejo refrán dice que las personas debemos ser astutas como la serpiente y mansas como la paloma. Las dos cosas a la vez, sin que una vaya en detrimento de la otra. En las telecos veo excesiva mansedumbre, pero muy poca astucia. Por eso, en el baile del fair share, va siendo hora de un cambio: sacar a relucir la serpiente cascabel y que la paloma guarde asiento por un largo rato. Ahí quizá —quién lo sabe— sea otro gallo el que nos cante.

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